viernes, 22 de junio de 2018

lecturas


Lea detenidamente las dos lecturas
La caracola
José de la Cuadra
(Adaptación)
 Describiré a la muchacha que se llamaba Perpetua o algo por el estilo. Para mis paisanos, con decir que era guayaquileña ya la he descrito brillantemente; pero como quiero creer que me leerán incluso extranjeros, debo añadir que además era morena. Con esto sí me parece que es bastante. Samuel Morales era dueño de una canoa vivandera, en la cual navegaba, en plan de comercio, por los ríos montubios. Se le conocía venir desde lejos, por el prolongado grito de su caracola que sonaba como cuerno de caza. Jamás Samuel Morales dejaba siquiera de acercarse a alguna casa, por humilde que fuese. Allí decía: –¿No se le ofrece nada? –Nada mismo. El vendedor ambulante recitaba de corrido la retahíla de sus artículos. –Nada, don Morales; no queremos nada. Samuel Morales meditaba un momento. Luego decía a la compradora remolona: –Si necesita lleve no más lo que sea, patrona. No importa que no tenga platita. Me pagará otra vez cuando mismo pueda... Le compraban. Él conocía a su gente miserable, a su gente “que no tenía platita”. Por supuesto que, cobrada después, casi siempre. No sabía leer. Contaba apenas. Pero tenía una memoria maravillosa: –¿Se acuerda doña Angelita? El día del aguacero grande del mes pasado, le dejé... –Y seguía una lista de menudencias, con precisión de centavos. Mas, no exigía. Cuando advertía que era menester, daba más crédito todavía: –Lleve no más. Me pagará cuando venda el arroz. No se preocupe. Cierta vez, la viuda Morano, que le debía diez sucres, lo llamó: –¿Podría dejarme, don Samuel, cuatro velitas? –¿Y comida, no quiere comida? –No, sólo velitas. –¿Y para qué, ah? ¿Para qué? La viuda se echó a llorar. Morales subió a la casa. En media sala, en el piso de tablas estaba tendido un cadáver infantil. La viuda explicaba absurdamente: –Se me murió ¿sabe? ¡era mi hijo y se me murió! Y necesito cuatro velitas. ¡Le pagaré lo más breve! Samuel morales bajó hasta su canoa. Volvió luego con un paquete de cirios y unas varas de tela blanca. –Aquí están las velas, señora. No le cuestan nada, mismo. y este ruán p’ al ataucito, ¿sabe? Así era Samuel Morales, comerciante montubio.
Solo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse cómo. Nadie podría decir, ni siquiera las bravías comadres de la orilla, cómo se iniciaron los amores de Samuel Morales y la muchacha guayaquileña. Ella pasaba las vacaciones en la hacienda de sus parientes, en las riberas del Vincens. Él frecuentaba aquellas zonas con su canoa vivandera, anunciando su ambulante comercio con el canto de la caracola. Se detenía en el muelle de la hacienda y negociaba con sus gentes. Luego se alejaba a remo lento, hacia el norte y antes de perderse detrás de los árboles solemnes, sonaba otra vez la caracola. Ella, asomada en la gran galería de la casa, lo miraba. Volvía él luego por la noche, hacia el sur, para rehacer su camino en la mañana. Cierta ocasión ella con sus diecisiete años alocados, sus trajes de organdí y su melena en alboroto, quiso comer caramelos de color y bajó hasta la rambla a comprarlos de la canoa vivandera. Samuel Morales sintió algo muy extraño en su cuerpo y en su espíritu, al contemplarla tan cerca de él. Habría querido no recibir la moneda que le extendía; pero no juzgó prudente hacerlo. Se desquitó entregándole más caramelos de la cuenta. Luego de improvisto le inquirió: –Usted, señorita, ¿sabe nadar? Ella contestó que sí, que sí sabía nadar y agregó: –¿Por qué me lo pregunta? El apenas supo responder: –Por nada, vea; por nada. Pero Samuel Morales mentía. Era que ahora sentía su corazón heroico, vibrante en un hazañoso impulso irrefrenable. Le hubiera gustado, por ejemplo, que ella no supiese nadar y resbalara al río... Él la habría salvado entre los brazos fornidos, oprimiéndola contra su ancho pecho de remero. –Usted regresa de noche, señor, para volver de mañana, ¿no? –Así es. –¿Y por qué no suena la caracola? Nada impidió que él le dijera entonces: –La sonaré...despacito... para que usted me oiga, no más. Ella sonrió levemente. Desde aquella ocasión, cada noche sonaba su caracola en la vuelta de los Tamarindos y luego al rehacer su camino. Ella, desde su cama, bajo el toldo que la defendía de los mosquitos lo escuchaba y medio dormida, sonreía. Así transcurrieron los meses hasta que la muchacha porteña que se llamaba Perpetua o algo por el estilo, dejó la hacienda para reintegrarse a su colegio de Guayaquil. Por supuesto, en el río Vinces ha seguido sonando la caracola de Samuel Morales. Pero ahora su canto es triste, como el de las Valdivia que anuncian la muerte bajo la noche medrosa. La muchacha no volvió jamás a la hacienda. Seguramente se habrá casado y tendrá un rondador de chiquitines. Pero hasta mucho después de su estada en la hacienda, hasta cinco años después, para ser preciso, cada vez que se sentía tomada de melancolía, imitaba con su voz virginal, el canto de la caracola navegante. Era curioso constatar que ello le traía una plácida consolación.



Cabeza de gallo
 César Dávila Andrade
(Adaptación)
Me hallaba en medio del carnaval de la colina de Barriovientos. La plaza ardía como un horno, oíanse disparos de pólvora, grandes globos de colores cabeceaban en el aire. Las vociferaciones, los cánticos, las bandas de música nos volcaban en el centro de una baraúnda boba. Los jinetes borrachos atravesaban la plaza con sus caballos encintados y nos golpeaban sin causarnos daño. No sé cómo me vi en una de las esquinas de la plaza, junto al hombre encargado de elevar los globos. En ese instante hinchaba con humo de chamiza un gran globo elíptico sobre el que estaba pintada una custodia con sus rayos de oro. Cuando estuvo lleno, le imprimió un movimiento circular y el globo partió cabeceando hacia la altura. Seguía el globo y llegué a otra explanada en la que un grupo de personas rodeaba a un campesino que cavaba un hoyo sobre el suelo. A su lado una mujer sostenía un hermoso gallo de plumas aceradas, brillantes y vistosas. Cuando acabó de cavar el hoyo pidió el gallo a la mujer. El hombre lo tomó y lo enterró dejándole fuera solamente la cabeza. Sus ojos, como dos gotas de cristal, miraban enloquecidos a todas partes. El que capitaneaba la diversión vendó los ojos con un pañuelo a un muchacho gigantesco y flaco, de largos brazos huesudos. Otro le proveyó de un palo nudoso de unos dos metros de largo. A continuación, le abandonaron todos y se alejaron a fin de despistarle acerca del lugar escogido. El muchacho vendado elevó la mano izquierda para orientarse hacia el lugar en que brotaba del suelo la cabeza del gallo. El grupo reía y le alentaba. Un muchacho colocó un pedazo de mazorca de maíz en el trayecto del vendado quien lo descubrió con la punta del palo. Elevó derechamente el garrote y descargó un golpe tan feroz que hizo pedazos la mazorca y aventó los granos en todas direcciones. Todos estallaron en carcajadas. Un cloqueo furtivo le dio el indicio decisivo. El vendado volvió a rastrear el suelo. De pronto el gallo se sintió tocado y emitió un quejido de sorpresa. Ahora sí el palo se elevaba contra el cielo y de repente descendió relampagueante. El grito de los espectadores reventó con violencia
y terminó en un murmullo de mal humor. Había errado el golpe. En ese instante por detrás de un corte de terreno apareció un muchacho con los ojos desorbitados y gritó: –¡Favor! ¡Se quema la iglesia! Todos corrieron hacia la plaza. Yo fui acercándome al gallo. Había vuelto la cabecita por donde se acercaba una gallina que salía de entre la alfalfa. Venía preocupadísima. Llegó junto al enterrado, un cloqueo oscuro le hirvió en el buche. La gallina picoteó el suelo en torno al cuello del gallo y sus patas empezaron a escarbar nerviosamente. Comprendí que los jugadores podían volver y me apresuré a libertar al ave. Bajé a la plaza donde la fiesta se había inmovilizado. Se desparramaba un humo ancho y negro con olor a cera de altar y a trapo viejo. Nadie tenía una gota de agua y solo un río angurriento era visto abajo por el fondo de una quebrada. Cuando el incendio mordió el altar la gente cayó de rodillas, pero en poco tiempo las llamas devoraron todo. Yo fui el primero en entrar en el recinto humeante de la iglesia. Cuando llegamos al altar del patrón de la fiesta, entre los escombros renegridos vimos el cuerpo del crucificado que sin brazos ni piernas apenas había sido tocado por el fuego. Su rostro manchado de ceniza adquiría un punzante aspecto de gallo de riña maltratado y sangrante. De pronto, sus ojos de vidrio inertes me recordaron vagamente los ojos diminutos y vidriosos de alguien a quien aquella misma tarde, había visto mirarme desesperadamente.

lunes, 18 de junio de 2018

Potenciacion


Por favor abra el link y observe el video para refuerzo de la clase



https://youtu.be/JhXkQulf9MM

martes, 20 de febrero de 2018

Relación de orden de fracciones


Tema Relación de orden entre fracciones

Escriba el signo que corresponde entre las fracciones


  5 / 4        8 / 4


  9 / 3       9 / 2


  10 / 12     10 / 5


  4 / 12         4 /  7



3 / 4          5 / 4


  7 /  9       12 / 9   

martes, 31 de octubre de 2017